martes, 28 de julio de 2015

EL SIGNO TAV (TAU)

martes, 28 de julio de 2015

La señal de la cruz trazada en la frente es uno de los ritos más antiguos de la Iglesia cristiana. San Basilio lo menciona, junto a la oración mirando a Oriente, entre las tradiciones no escritas que se remontan a los Apóstoles. Vamos a probar enseguida que esto es muy verosímil y que la señal de la cruz está ligada a la comunidad judeocristiana primitiva. Se han podido encontrar después algunas analogías en el mundo grecorromano. Pero se trata de determinaciones secundarias. Haremos, en primer lugar, un balance de los usos litúrgicos antiguos de la cruz; buscaremos después sus orígenes; y, para terminar, estudiaremos sus significados.
 
La señal de la cruz aparece primero en los ritos bautismales.
 
Este es su uso más arcaico y al que se refiere San Basilio. Originariamente, está asociado al propio bautismo, unas veces precediéndolo y otras siguiendo al mismo. Lo encontramos en fecha muy antigua en la iglesia siria, que conserva costumbres muy arcaicas. Así se explica que, a menudo, algunos autores antiguos lo utilicen para designar al propio bautismo. La inscripción de Abercios, a fines del siglo segundo, habla del pueblo «que lleva el espléndido sello». La palabra sello, sphragis, designa la señal de la cruz en la frente.

Más tarde, cuando los ritos bautismales se fueron desarrollando, la sphragis fue el primer rito impuesto a los catecúmenos y la expresión de una primera consagración a Cristo. Así Quodvultdeus, obispo africano del siglo IV, escribe: «Aún no habéis vuelto a nacer por el bautismo, pero, por la señal de la cruz, habéis sido concebidos en el seno de la Iglesia» (Sur le Symbole, 1,1). San Agustín cuenta en las Confesiones que, después de su nacimiento, su madre trazó la señal de la cruz en su frente y le dio un poco de sal. ¡No fue bautizado hasta cuarenta años más tarde!
 
Pero el uso de la señal de la cruz no estaba reservado al bautismo. Tenía su papel en otros sacramentos, sobre todo en la confirmación, la extremaunción y la eucaristía. Además, los cristianos se persignaban en la frente antes de emprender i«« principales ocupaciones de su vida. San Juan Crisòstomo escribe: «Todo se cumple por medio de la cruz. El bautismo se nos da por la cruz (ya que hay que recibir la sphragis); la imposición de manos se hace por medio de la cruz. Y, ya estemos de viaje, en casa, en cualquier parte, la cruz es un gran bien, una armadura saludable, un escudo inexpugnable contra el demonio» (Hom Philip., III, 13).
 
Encontramos aquí la importante idea de que la cruz defiende al bautizado contra los demonios. Le hace inviolable y pone en fuga a los demonios. Ilustran este hecho muchas anécdotas contadas por los Padres. La señal de la cruz, sobre todo, reduce a la impotencia a los demonios que actúan en los cultos paganos.
 
Prudencio describe lo que ocurrió un día en que Juliano el Apóstata estaba ofreciendo un sacrificio a Hécate. El sacerdote, que examinaba las entrañas de una víctima palidece de repente y cae al suelo: «El príncipe, espantado, como si viera a Cristo en persona amenazándole enarbolando un rayo, deposita su diadema, palidece y mira a su alrededor para ver si entre los asistentes hay algún niño bautizado que haya marcado su frente con la señal de la cruz y de ese modo haya perturbado los encantamientos de Zoroastro» (/Apoteosis, 489-493). Lactancio, por su parte, explica que la presencia de un cristiano señalado con la sphragis impedía los oráculos y arúspices (Div. Inst., V, 27). Gregorio el Taumaturgo, al entrar en un templo pagano «purifica el aire infestado de miasmas, con el signo de la cruz».
 
La cruz tiene así valor de exorcismo. Trazada en la frente de un catecúmeno, aparta de él al demonio, bajo cuyo poder se encontraba. Igualmente, después de la muerte, cuando el alma cristiana abandona el cuerpo y atraviesa la atmósfera, hábitat de los demonios, la sphragis marcada en su frente los aparta, mientras que el alma que no está marcada por el sello se convierte en su presa: «Como la oveja sin pastor está a merced de las fieras y es una presa fácil, del mismo modo el alma que no tiene la sphragis está a merced de las emboscadas del demonio». «Un tesoro que no esté marcado con el sello esta a merced de los ladrones, una oveja sin marca está a merced de las emboscadas».

Los cristianos no sólo trazan la cruz sobre su frente con el pulgar, sino que tenemos testimonios que atestiguan la practica de verdaderos tatuajes. Es conocido el uso de estos tatuajes en los cultos paganos de Dionisos o Mitra. Pero parece que también se encuentra entre los cristianos, con el signo de la cruz. Se supone que esto sucedía en Africa, por lo que dice San Agustín de que cuando los paganos salen del anfiteatro, reconocen a los cristianos por sus vestidos, su peinado, su frente. Marcos el Diácono, del siglo V, en su Vida de Porfirio de Gaza (82), habla más explícitamente de tres niños que cayeron a un pozo y fueron salvados milagrosamente porque llevaban en la frente una cruz pintada de rojo.
 
 
Al lado de la señal de la cruz en la frente, vemos aparecer la señal de la cruz en la cara. Las Odas de Salomón y Justino aluden a ello desde el siglo segundo. Una antigua inscripción del hipogeo del Viale Manzoni lo muestra en el siglo III. También está atestiguado por Lucas de Tuy en siglo XIII. Pero, paralelamente, se desarrolla el gran signo, todavía actualmente usado de ordinario, y que va de la frente al pecho y del hombro izquiero al derecho (al menos en Occidente). Este no aparece antes de la alta edad media si bien es posible que existiera algo antes, como gesto de bendición o de exorcismo.

Siendo un gesto litúrgico, la señal de la cruz aparece también como símbolo en los monumentos, frescos, bajorrelieves, mosaicos y objetos de todas clases. Se presenta desde los siglos II y III en las catacumbas, sea en forma de cruz giega +, sea en la de cruz latina + . Pero, además, los cristianos reconocían la cruz en muchas representaciones que imitaban más o menos su forma. Justino, en el siglo II, muestra la cruz representada por el palo mayor de un barco con su verga, por el arado, el hacha (ascia) o los estandartes militares (Apol., I, 55). Ya hemos visto que algunos de estos símbolos tenían este sentido en el arte.

El signo de la cruz evoca hoy normalmente para nosotros el patíbulo en que fue colgado Cristo. Pero deberíamos preguntarnos si es éste el primitivo origen de la cruz marcada en la frente, en la primera comunidad cristiana. Parece, más bien, que esto no fuera así y que nos encontremos ante un signo que tenía otro significado. Notemos, en efecto, que muchos textos antiguos relacionan el signo de la cruz con la letra tau que tenía, en griego, la forma de T. Así sucede en la Epístola de Bernabé, en el siglo II (IX, 8); y lo mismo con Gregorio de Niza, en el siglo IV. Estos textos han sido recogidos por Hugo Rahner.

La relación entre la cruz y la tau puede deberse a una semejanza de forma. Pero esta semejanza no es muy satisfactoria. En efecto, la tau griega tiene forma de T, lo cual no corresponde al signo cruciforme marcado en la frente. Hay que buscar algo distinto.

Los mismos Padres de la Iglesia recordaron que el libro de Ezequiel anuncia que los miembros de la comunidad mesiánica serán marcados con el signo tau en la frente. El recuerdo de este texto estaba presente en el entorno judío de tiempos de Cristo.

En efecto, los esenios, que pretendían ser la comunidad escatológica,

llevaban en la frente el signo de Ezequiel (C.D.C., XIX, 19). Pero hay más. San Juan, en el Apocalipsis, declara que los elegidos estarán marcados en la frente. Leemos, en efecto, que el ángel impide que las plagas destruyan el mundo «hasta que hayamos marcado a los servidores de Dios, con el sello en la frente» (VII, 3). Y más adelante el visionario ve a 140.000 personas «que tenían escritos en la frente el Nombre del Cordero y el de su Padre» (XIV, 1). Ahora bien, ese sello (sphragis), que es el Nombre del Padre, es el signo de Ezequiel, ya que la tau hebrea, que es la última letra del alfabeto, designa a Dios, como la omega en griego. Además, como ha probado Lampe10, el rito descrito por Juan se refiere a una costumbre bautismal.

Parece, pues, que los primeros cristianos estaban marcados en la frente con una tau que representa el nombre de Yahvé. Pero esto plantea dos cuestiones. En primer lugar, nos encontramos con la misma dificultad de antes, a saber, que la tau tampoco tiene forma de cruz. Pero precisamente esta aparente dificultad es una confirmación, ya que, en tiempos de Cristo, en el alfabeto hebreo, la tau podía representarse con el signo t ó el signo X.

Es bajo esta forma como se encuentra en los osarios palestinos del siglo I de nuestra era, donde posiblemente tengamos la más antigua representación cristiana de la Cruz. Y ésta designaba el nombre de Yahvé.

Queda una segunda dificultad. ¿Por qué iban a estar marcados los cristianos con un signo que designara el Nombre de Yahvé?

Pero precisamente, la expresión «llevar el Nombre (del Señor)» aparece frecuentemente, para designar el bautismo, en un antiguo texto cristiano con influencia judía, el Pastor de Hermas: «Si tú llevas su Nombre, sin poseer su virtud, llevarás su Nombre en vano. Las piedras rechazadas son los que llevaron el Nombre sin revestirse con el hábito de las vírgenes» (Sim., IX* 13, 2). El sentido está claro: el bautizado, si no se santifica, no puede salvarse.

La expresión «llevar el Nombre», tanto en este pasaje, como en otros muchos, parece significar el hecho de estar marcado en la frente con el signo tau, es decir, el signo de la cruz. Dinkler ha conseguido una interesante verificación de este hecho. La expresión parece estar próxima a la que encontramos en el Evangelio de Lucas, donde en vez de la fórmula de Mateo: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí» (X, 38), escribe: «El que no lleva su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo» (XIV, 27). Esta fórmula puede contener una alusión litúrgica a la cruz marcada en la frente.

Pero esta costumbre cristiana de marcar el signo que designa el Nombre de Yahvé sigue pareciendo extraña. Aunque esto supone olvidar que, para la comunidad cristiana primitiva, el Nombre, que en el Antiguo Testamento designa la manifestación de Dios en el mundo, junto con la Palabra, era una designación de Cristo en tanto que Palabra de Dios encamada. Esto es precisamente lo que encontramos en el Pastor de Hermas, y también en la Didaché, donde leemos: «Te damos gracias, Padre Santo, por tu Santo Nombre que has hecho habitar en nuestros corazones» (X, 2-3). Ahora bien, aquí, el Nombre, como ha probado Peterson, se refiere al Verbo. Más explícito aún es el Evangelio de la Verdad, la homilía del siglo segundo, penetrada de teología judeocristiana, que acaban de editar H.-Ch. Puech, G. Quispel y M. Malinine: «Ahora bien, el Nombre del Padre es el Hijo» (38, 5).

Así que se puede considerar cierto que el signo de la cruz, con que estaban marcados los primeros cristianos, designaba para ellos el Nombre del Señor, es decir, el Verbo, y significaba que estaban consagrados a él. En el medio griego esta simbología se hacía incomprensible. Por ello la cruz fue considerada como una representación del instrumento de suplicio de Jesús; debido a la forma de X, fue tomada por la primera letra de X (q lotós), aunque la idea fundamental siguiera siendo la misma: una consagración del bautizado a Cristo.

Hasta ahora hemos hablado del signo de la cruz en la liturgia y los monumentos figurativos, bajo su forma más simple, la de la cruz griega. Pero se sabe que, a lo largo del tiempo, ha tomado, sobre todo en arqueología, formas más complejas. En el artículo «Croix», del Dictionnaire d'archéologie chrétienne et de liturgie, redactado por Dom Leclercq, o en el de M. Sulzberger: «Le symbole de la croix», en Byzantion, 2 (1925), pp. 356-383, se encontrará un estudio sobre el asunto. Quisiera llamar la atención solamente sobre una representación poco conocida, que es muy arcaica, y que tiene el interés de unir la cruz y el Nombre de Jesús mucho antes de que se representara a Jesús crucificado.

Observemos, en primer lugar, que el lazo entre la cruz y el Nombre de Jesús aparece en fecha muy antigua en un curioso pasaje de la Epístola de Bernabé. Se trata de la interpretación del número 318, que es el de los servidores de Abraham. El autor explica que «18 se escribe con una iota que vale 10 y una eta que vale 8: ahí tenéis IH (aovs)» (IX, 8). Continúa explicando que 300 se escribe con la tau que es la cruz. Así que 318 designa a la vez la cruz y el Nombre de Jesús. Por lo que respecta a este último, tenemos aquí una primera forma del signo IHS, que será reproducido tan a menudo y que representa las tres primeras letras de IH (aovs).

Pero, en época arcaica, el Nombre de Jesús tenía otro símbolo, la letra waw. En griego, el Nombre de Jesús está compuesto por seis letras, y la waw es la sexta del alfabeto griego arcaico, que luego ha desaparecido del mismo, aunque haya subsistido en la lista de los nombres. Los gnósticos especulaban sobre esta curiosa propiedad. Parece que también aquí, antes de las interpretaciones griegas, estamos ante un fondo judeocristiano. M. Dupont-Sommer ha probado que, en una laminilla aramea cristiana, la waw designaba el Nombre de Dios, es decir, a Cristo.

Entre los monogramas de Cristo, conocemos vino donde la waw está unida a la cruz. Se encuentra en San Jerónimo, quien, al describir un monograma parecido al ¥ bien conocido a partir del siglo III, explica que, en el que él está pensando, el brazo que desciende de izquierda a derecha tiene forma de waw mientras que los otros dos brazos se parecen al apex y a la iota, figura tradicional de la cruz. Así llegamos más o menos a este signo ¥ .

Aunque lo más interesante es la interpretación que Jerónimo da de ello, al ver la waw unida a la cruz. Es verosímil, en efecto, que la waw designe aquí el Nombre de Jesús.

Esto es tanto más verosímil cuanto que la forma así obtenida evoca enseguida una de las figuras más célebres que unen a Cristo con la cruz, la de la serpiente de bronce alzada sobre un palo. Se sabe que esta figura la propone el propio Cristo en el Evangelio de San Juan: «Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así el Hijo del hombre tiene que ser levantado» (III, 14). La serpiente tiene forma de waw. En cuanto al palo que la sostiene, ya Justino le atribuía la forma de una cruz (I Ap., XL, 3).

Los Padres de la Iglesia mencionan a menudo esta figura. Su origen neotestamentario le daba una especie de autoridad. Pero al mismo tiempo debía producir un cierto escándalo. ¿Cómo puede representarse a Cristo con una serpiente? En la Vida de Moisés, de Gregorio de Niza, tenemos un eco de esta sorpresa (II, 271-277). Se comprende que se hayan buscado justificaciones para esta representación. Y una de las más fáciles era mostrar en la serpiente la forma de la letra waw, que, a su vez, simbolizaba el Nombre de Jesús. M. Dupont-Sommer ha hecho notar que el parentesco entre la forma de la waw y la de la serpiente había sido una de las razones que habían conferido a la letra su carácter sagrado18. Esto, que él establece para la waw hebrea, sigue siendo cierto para la digamma griega. Y aquí, una vez más, más allá de las interpretaciones griegas, nos encontramos con el fondo antiguo del cristianismo arameo. Y la presencia de este signo en los osarios judeocristianos de Palestina nos proporciona una brillante confirmación de ello.

De todas estas observaciones se desprende una conclusión.

El signo de la cruz apareció en su origen, no como una alusión a la Pasión de Cristo, sino como una designación de su Gloria divina. Incluso cuando, más tarde, se refiera a la cruz en que Cristo murió, ésta será considerada como expresión del poder divino que actúa a través de esta muerte; y los cuatro brazos de la cruz aparecerán como el símbolo del carácter cósmico de esta acción salvadora.

 
 
 

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